jueves, 23 de diciembre de 2010

El hombre de los 42 kilometros y 195 metros


Juan Diego Mora (@Juandi_mora)

Cómo un nombre impronunciable, Haile Gebreselassie, puede estar en boca de todo aquel aficionado al deporte. Cómo un hombre bajito, con una sonrisa eterna puede levantar los brazos y moverlos a ritmo de aplausos de un estadio a rebosar tras 42 kilómetros y ciento noventa y cinco metros.
Combate la guerra del maratón, como antes hizo en pequeñas escaramuzas y peleas en 5.000 y 10.000 metros, con un vaivén de cadera a ritmo de unas piernas delgadas pero fibrosas como cuerdas de acero. Resistencia, no solo física sino también mental. Un objetivo: la meta. Una necesidad: llegar el primero.
Es uno de los pocos atletas que añaden a la maratón 400 metros y dos pasos más. Los que tiene la pista al dar la vuelta de honor y los dos escalones para laurearse como el mejor del prueba en el podio. Es de los pocos que prefieren arroparse antes que hidratarse o mojarse la cabeza. Lo hace con la bandera de su país. Una nación orgullosa de su atleta. Donde es un mito, un símbolo.
Ha dejado huella. Una marca de un pie pequeño que pisaba casi sin querer, pero que lo hacía a un ritmo constante que tal solo él podía mantener. Ha dejado fotos para la historia, sin necesidad de focos o el flash , tan sólo el resplandor de una estrella propia que iluminaba con sus éxitos y su sonrisa las fotografías lanzadas desde las gradas.
Ha dejado a un deporte con una calle vacía, la primera, desde la entrada al estadio hasta la meta. Un kilómetro final huérfano de arrancadas cuando no queda aliento. Donde el etiope era imparable.

martes, 21 de diciembre de 2010

Martín | Capitulo I (I)

Juan Diego Mora (@Juandi_mora)

Se encienden las luces. Martín cierra los ojos, la cándida luz del foco naranja había acostumbrado a sus pupilas. Eran las cuatro y treinta y cinco minutos de la mañana y aun mantenía su vaso a medio terminar entre sus gruesos dedos. Cogido desde la base como si fuera a degustar una copa de una caro vino riojano.

En el Haruki aun quedaban varias personas. Al fondo, un grupo de jóvenes protestaba por prontitud del cierre. Cerca de él un par de pareja de treinteañeros cogían su abrigo y se ponían la bufanda para defenderse del fuerte viento casi polar que emanaba en las calles. Martín, sin embargo, tan solo quería evitar su casa, incluso su propia vida.

Al llegar a su apartamento tal vez una última copa de ron Matussalem antes de meterse en la cama. Ataviado tan solo con unos anchos calzoncillos azules que le habían acompañado las dos noches anteriores. Mientras tanto se encontraba sentado al inicio de la barra de aquel pub. Entre la maquina tragaperras y una barrera que le evitaba acercarse a la Cristina y decirle que esa copa sería solo para ellos dos.

Daba igual. En tres horas debía estar en la comisaría. De nuevo. Leyendo informes y metiéndolos en inútiles carpetas marrones. La informatización no sabía de pequeños habitaculos de la comisaría pensaba día sí y día también. Acabó la copa de un trago y sin decir adiós se dirigió a la puerta. La abrió con fuerza y el helado viento le recibió azotándole en su curtida cara. Su melena se agitaba al compás de la fuerte brisa. Su aparente calvicie pedía a gritos el calor de un gorro y una bufanda. La cabeza gacha del alto policía le acompañaba a la tregua de su cama. El día antes de la tormenta.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El depredador de color rojo

Juan Diego Mora (@Juandi_mora)

La luz lucía detrás mio. Como un presagio, como un monstruo que amenaza tras de mi.
Yo corrí. Miraba al suelo. Baldosa, baldosa, baldosa, baldosa. Y un sonido. Un meeec! La luz me había alcanzado. Me había vencido. Mi continuación de zancadas capitaneadas por unas zapatillas marrones no era suficiente. El 33 relucía. Me llevaba a casa. Yo había luchado por llegar a tiempo. Mi unión alma cuerpo perdía previsiblemente, ante el enemigo motorizado. Incluso la derrota era necesaria.

Sí, el número 33 de la línea Tuzsa me llevó a casa. Sano y salvo. Pagando, y subirá su precio. Pero mi persona se ejercitó, luchó, e incluso dejó todo su carne en el asador, donostiarra o no, como rebelde ecológico, deportista y concienciando con el cambio climático anti petroleo que es.

Puto capitalismo como diría aquel. Ballenas de la carretera como se referiría un buen amigo. Vencedor al fin y al cabo. Un euro de cobardía, un billete de derrota. Una carrera sin sustancia.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...