viernes, 20 de julio de 2012

Debate | Sherlock, versión original

Javier Allué (@javiallulli)

En este mundo en el que la sempiterna crisis parece arrollarlo todo, asistimos a la voluntad de las grandes marcas de hacerse fuertes. Así, el campo de batalla de las Coca Cola, Apple, IBM o P&G ha pasado de las desangradas e ingratas llanuras de las ventas y los beneficios al todavía inexplorado paraje del marketing y la publicidad. Todas buscan estar en el recuerdo del consumidor. Ser lo que se conoce como el top of mind, la imagen más notoria. Para ello, se sirven de slogans, campañas virales, redes, responsabilidad social y mil herramientas más, pero siempre hay una máxima que se repite: la autenticidad. Es el concepto “Rechace imitaciones”.

Por supuesto, en la literatura también hay “vacas sagradas”. Se encuentran por encima del best seller, de las modas adolescentes de vampiros y magos e incluso de la propia concepción de la obra. Se trata de autores, de libros, de sagas, de personajes que cobran vida para ser luego exprimidos en toda clase de formatos: cómics, videojuegos, películas, series, juegos de mesa, posters… Es entonces cuando la obra deja de ser mera literatura para convertirse en un monstruo superventas que no respeta ni su propio argumento.

Si en los últimos años ha existido tal monstruo, éste ha vivido, sin duda, en el 221B de la calle Baker. Yo ya no sé si toca el violín, si posee una pipa o una lupa, si tiene por compañero a un médico que combatió en Afganistán o un archienemigo conocido como James Moriarty. Sherlock Holmes atrapó y fascinó a tantas mentes a lo largo de los lustros que las posteriores versiones a mí, al menos, han acabado por liarme.

Ahora contamos con las interpretaciones de Jude Law y Robert Downey Jr. para aclararnos las dudas, así como una serie en la que Sherlock usa Blackberry y parches de nicotina y en la que Irene Adler es una importante hacker que extorsiona a la mismísima Reina de Inglaterra. También hay versiones light, como 'El secreto de la pirámide', donde el pobre Sherlock apenas es un imberbe recién salido del instituto. Incluso existe una estatua suya en la salida de metro de Baker Street, en Londres. Pero la palma llego cuando conocemos al Detective Conan, a Basil, el ratón superdetective y, sobre todo, a la versión patria, torrentera y castiza: la nueva película de José Luis Garci, 'Holmes & Watson, Madrid Days', que se lleva la palma, pues en ella se estrena como actor el mismísimo Alberto Ruíz Gallardón y el detective británico le sigue la pista a Jack el Destripador. El acabose.

Sherlock es un superventas que, debido a su retroalimentado carácter y a la genialidad de su creador, jamás podrá ser exprimido del todo. Siempre es plato de buen gusto disfrutar de una intriga. Todo lo relacionado con Holmes triunfa.

Sin embargo, llega un momento en que la historia se desmadra, en la que los remiendos de la criatura de Sir Arthur Conan Doyle llegan a un punto de no retorno. Así, creemos que Sherlock realmente fuma en pipa, lleva sombrero de cazador y no para de repetir aquello de “Elemental, querido Watson”. Les reto, en especial, a que busquen esta última coletilla en alguno de sus libros, que no son pocos.

Afortunadamente, los originales de puño y letra de Conan Doyle han llegado también a nosotros y es de prever que seguirán ahí para que alguien los abra, sentado en un sillón orejero, con una copa de brandy, un violín, una pipa y anteojos, dispuesto a toparse con todos esos manidos estereotipos, al estilo de James Bond y su Martini mezclado, pero no agitado. Por suerte, lo que encontrará diferirá mucho de todas esas evoluciones posteriores. Será mucho mejor. Sherlock Holmes está por encima de eso: Será misterio, intriga, miedo. Será un estrambótico y maniático carácter fusionado, nadie sabe bien cómo, con unos modales refinados y una infinita amalgama de conocimientos sobre venenos, policías, calles de Londres y deducciones. Será, simplemente, Sherlock. En Versión Original.

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