jueves, 29 de noviembre de 2012

Postales desde el faro | Marginados

Firma invitada: Patricio Cuadra (@cuadrablanco)

El otro día salí a la calle, una de esas calles que nos gastamos en Zamora para disgusto de las mujeres entaconadas, con sus adoquines resbaladizos y su niebla recién salida de la fábrica del Duero. Y paseaba yo por esa calle, con las manos en los bolsillos y haciendo como que fumaba con mi aliento, como llevo haciendo desde que era un niño, y en ella me encontré con la marginalidad. Ahí estaba, con sus putas, de las de bajo coste, sus drogadictos, sin corbata ni traje, sus pobres, sus vagabundos, sus vagamundos y toda una caterva de seres venidos a menos. 

Me senté en un banco a observarlos, sí, como cuando vas al zoo y ves a los animales metidos en sus jaulas, pero aquí sin la presencia de barrotes físicos. Y en vez de tirarles cacahuetes, les tiré cigarrillos sin filtro, y cartones de vino barato, y esperé a que se los fumaran y se los bebieran para que empezaran su ridícula actuación de borrachos, su caminar vacilante, su blasfemar entre dientes, sus historias de vidas pasadas. Y en estas las putas salen de sus escondrijos y se ofrecen por un trago de vino, por una calada de un cigarro, y entre la niebla y el frío entregan sus cuerpos abotargados y sus bocas sin dientes. Yo les aplaudo desde mi tribuna, pateo y carcajeo a la vez, resguardado del frío y de su inmundicia, la cual solo me sirve de entretenimiento hasta que su patético espectáculo me resulta ya anodino. 

Así que me levanto y continúo por esa calle, haciendo como que fumo con el aliento, con las manos refugiadas en los bolsillos y todavía sonriendo por la exhibición que acabo de presenciar. Abandono esa ruta y entro en otra vía, la mía, la de casi todos ustedes, y vuelvo a mi trabajo, a mi existencia, a la del pago de la hipoteca, de los impuestos, de las tasas del ayuntamiento, de los recibos de la luz, del agua, de la vida. Y siento cómo desde un banco, no muy diferente al que yo acabo de dejar, un tipo que hace como que fuma con el vaho de su aliento me arroja sus sobras para que yo sobreviva y le provoque un entretenimiento momentáneo. Hasta que se cansa y me deja a mi mala suerte.

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