lunes, 11 de marzo de 2013

‘House’ también sabe escribir (Reseña de ‘Una noche de perros’ .- Hugh Laurie)

M.J. Secorún (firma invitada)

Hugh Laurie nació en Oxford, en 1959. Es director y músico, pero, sin duda, ha alcanzado su mayor nivel de fama internacional por su papel protagonista en la serie ‘House’. Lo más increíble es que, además de ser un buen actor, en ‘Una noche de perros’ demuestra que lo suyo también son las letras. Y lo hace de una forma muy ligada a su papel de doctor en la televisión, ya que el protagonista de la obra tiene muchos puntos en común con su personaje televisivo. A ambos, por citar un ejemplo, les apasionan las motos. 

'Una noche de perros'
Autor: Hugh Laurie
Editorial: Planeta Internacional
Thomas Lang, el personaje central de esta novela negra, no es un ex policía o pistolero al uso, pues recibe la oferta de asesinar a un gran empresario americano ligado a Inglaterra por sus grandes negocios. Lang rechaza la suculenta oferta y, en lugar de ponerse a trabajar en ello, decide avisar a la que hubiese sido su víctima. En ese momento, descubre que, contra todo pronóstico, se trata de la misma persona. A continuación, se introduce en una red donde la violencia, las mentiras y las muertes son frecuentes. 

Pero todo no todo en esta historia tiene tintes de violencia. Las mujeres también entran en la vida del personaje, tomando un curioso protagonismo las fantasías sexuales que harán las delicias de las más atrevidas. 

En definitiva, el terrorismo, las armas y la CIA, son compañeros de viaje de este asesino a sueldo, que alarga hasta el final su agonía con una cierta tensión programada que sale a pedir de boca y que dignifica la faceta literaria de Hugh Laurie.

viernes, 8 de marzo de 2013

Apocalipsis cultural (Reseña de 'La civilización del espectáculo.- Mario Vargas Llosa')

Carlos Gamissans (@gamissans)

Vargas Llosa lo tiene claro: “La cultura está en nuestros días a punto de desaparecer, y acaso haya desaparecido ya”. Así comienza su polémico ensayo La civilización del espectáculo, publicado por Alfaguara en 2012. El Premio Nobel de Literatura reflexiona acerca del devenir de la cultura en el mundo contemporáneo. Y no lo hace para repartir parabienes, sino bofetadas a casi todo el mundo: los medios de comunicación, los pensadores posmodernos, el capitalismo, Internet y hasta los futbolistas… se queda bien a gusto. 

'La civilización del espectáculo'
Autor: Mario Vargas Llosa
Editorial: Alfagura
La visión del escritor es claramente apocalíptica. Vivimos en un mundo en que “la cultura es diversión y lo que no es divertido no es cultura”, lo que supone que no se sepa con claridad en qué consiste el concepto (si es que sigue existiendo). Los productos que fabrican las industrias del cine o la literatura ya no tienen voluntad de perdurar en la memoria y el cerebro de sus consumidores. Se trata solo de generar dinero. Libros y películas son engullidos como hamburguesas. A esto ha conducido la democratización de la cultura: a la pérdida de su función crítica e intelectual, con la sustitución de escritores y filósofos por futbolistas y actores como referentes de la sociedad. 

Vargas Llosa ilustra su tesis con ejemplos sacados de artículos recientes y otros no tanto. La mayoría de sus argumentaciones son difíciles de rebatir, aunque se muestra demasiado duro con el mundo de las pantallas, negándoles su capacidad de instruirnos y resaltando solo su potencial de banalización. Quizá también es demasiado generalizada su crítica a la vacuidad de los medios, alimentados por el deseo de entretener a cualquier precio a su público. 

La civilización del espectáculo es el análisis pesimista de un hombre inteligente que se ha quedado algo anclado en el pasado. No aporta muchas propuestas para regenerar la cultura más allá del culto a los clásicos, pero por desgracia es un ensayo bastante certero.

jueves, 7 de marzo de 2013

La Literatura en las aulas

La Revolución Formalista fue un movimiento que se produjo en lugares dispares del mundo durante períodos diferentes. El primer punto caliente, por llamarlo de alguna manera, lo encontramos en la Rusia del año 1915. El formalismo fue reivindicado por el Centro Lingüístico de Moscú (CLM) y en San Petersburgo por el Opojaz. Ambas escuelas, lideradas por jóvenes estudiantes universitarios, eran sincronistas, descriptivas y cientificistas.

Los jóvenes estaban cansados de cómo se impartía la literatura en las aulas. Querían que lo importante no fuera el contexto histórico, económico o social de la obra, sino el texto en sí. Uno de los formalistas más radicales fue el inglés I. A. Richards, quien cuando repartía poemas entre sus alumnos para comentarlos en clase ni siquiera decía quiénes eran los autores. A raíz de esta experiencia escribió 'Practical Criticism', tratado que causó un auténtico furor. Lo más curioso es que I. A. Richards no conoció el formalismo ruso, el cual se desintegró después de la Revolución de Octubre, aunque las ideas del movimiento no perecieron. En el centro de Europa, en cambio, nació la Estilística, otro tipo de formalismo, de la mano del alemán Leo Spitzer.

A partir de los años 30 en el sur de los Estados Unidos nació el New Criticism. Esta nueva corriente dejaba totalmente de lado la Historia para abrazarse al Practical Criticism, hasta el punto que durante la década de los 50 y 60 esta fue la forma de enseñar Literatura en los Estados Unidos. A diferencia de los rusos, nunca pretendieron hacer de la Literatura ciencia, aunque era un movimiento puramente práctico. Les interesaba, sobre todo, el lenguaje más formal posible y para ello utilizaban el Close Reading, es decir, analizaban y explicaban absolutamente todo de la obra. Hasta ese momento jamás se había hecho una lectura tan profunda.

¿Y hoy en día cómo se enseña la Literatura en las aulas? Esta es la gran pregunta que nos ha llevado a hacer este pequeño viaje por los diferentes formalismos. La Revolución Formalista no ha acabado de cuajar. Los factores históricos, económicos, sociales y la biografía de los autores siguen siendo una parte muy importante del temario que se imparte desde primaria hasta niveles de formación superior, como el universitario. En muchas ocasiones el estudio de la obra acaba en un segundo plano, superado por el estudio del mundo y las condiciones que la rodearon (y rodean) en el momento de ser compuesta.

No niego que el envoltorio de los textos sea importante, ¿pero dónde queda la formación crítica y creativa de los alumnos? ¿De qué sirve memorizarse cómo era el mundo, por ejemplo, de Góngora para vomitarlo en un examen si luego cuando lees 'Soledadeseres incapaz de sentir el dolor del pastor que llora la muerte de su hijo ante el náufrago? De nada. Los sentimientos se dejan de lado, cuando la buena literatura está escrita desde las entrañas y busca conectar con las emociones del lector.

A lo largo de nuestra vida académica a todos nos han hecho escribir algún poema o algún relato. Resulta casi insultante como muchos docentes apenas aprecian el trabajo creativo de sus pupilos. La Literatura se imparte como algo que han hecho otros; queda lejana y parece intocable. Creo que ya es hora de bajarla del pedestal y acercarla a los más jóvenes. Hay que romper con esa visión aburrida de la lectura, y la única forma de conseguirlo es motivar a los nuevos alumnos, hacerles ver que igual que son capaces de resolver un problema de matemáticas, también pueden escribir un buen cuento, una novela o un poema. Dejemos que la imaginación vuele, así podremos escribir un mundo mejor, ya sea en forma de un libro o en una hoja de papel de libreta cuadriculada.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Una generación y varias crisis (Reseña de 'El público' .- Bruno Galindo)

Luis Royo Antín (@luisroyoantin)

La crisis económica, las transformaciones culturales y los comportamientos de la sociedad europea actual merecen tantas novelas como la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil Española. Al margen de los ensayos, alguien tiene que registrar a golpe de ficción cada periodo de la historia, sea extremadamente violento o descomunalmente próspero. De este modo, es de agradecer que una serie de autores (como Michel Houellebecq, Alberto Olmos, Petros MárkarisPablo Gutiérrez o Bruno Galindo) se hayan tomado la molestia de dedicar un buen puñado de páginas a describir qué es lo que sucede en nuestros días a su alrededor y, por tanto, alrededor de los lectores (nosotros). Todos esos libros tienen un sentido, ya que unos cuantos personajes de ficción pueden lograr hacer que miles de personas abran las mentes y los ojos ante la realidad mucho más de lo que políticos, grandes empresarios y poderes fácticos desean. 

'El público'
Autor: Bruno Galindo
Editorial: Lengua de Trapo
El debut literario del periodista Bruno Galindo, ‘El público’, no aborda la crisis económica. Sí se centra en otras crisis vigentes hoy en día: la de la cultura, la de los medios de comunicación y la de un sector de la población -‘el público’ de la novela- compuesto por hombres y mujeres de clase media, ámbito urbano y de entre 25 y 40 años. Esta generación es la que da comienzo al argumento de la obra, en el que un conocido periódico de izquierdas reconoce haberla perdido como lectora de sus ejemplares. Para resolverlo, y tras un exhaustivo estudio de mercado, la dirección de este medio de comunicación se ve obligada a lanzar un suplemento repleto de reportajes, de texto corto y mucha carga visual, sobre el lujo más ostentoso, desaforado y estrafalario (destinos paradisíacos, perfumes, ropa, áreas de ‘shopping’, restaurantes, coches o productos para el hogar tan suntuosos como superfluos). 

Tras el surgimiento de esta idea, un periodista cuarentón, en declive profesional y resignado a escribir reseñas literarias para la revista de un banco hasta que es contratado por la nueva publicación, es el protagonista principal. A través del trabajo de este personaje, de sus pensamientos y de su relación con una mujer de su misma generación, Galindo muestra, con un estilo sarcástico y acertado, las actitudes de una cultura ‘popular’ por la que no desfilan los autores poco mediáticos, o poco rentables económicamente, y en la que los grupos musicales que han hecho historia en los últimos años han quedado relegados a logotipos estampados en camisetas para una generación que tan apenas los ha escuchado. También aparecen el declive de la profesión periodística y los objetivos de diversos medios de comunicación preocupados por montar fiestas llenas de famosos y satisfacer las necesidades de sus ‘targets’, antes que por cumplir esos clásicos dogmas que suenan a Facultad de Comunicación: calidad, verdad e interés público. 

La generación de clase media, ámbito urbano y de entre 25 y 40 años es la clave en la novela, dado que está escrita en primera persona del plural (“nosotros”). El libro presenta a este grupo de hombres y mujeres de hoy sin esconder su parte más cualitativa y su parte más patética: casi todos ellos han viajado, han estudiado, han adquirido más cultura que ninguna otra generación y han logrado trabajos ‘guays’ en la banca, las letras o el sector tecnológico; sin embargo, les definen los muebles que compran en Ikea, sus conversaciones sobre lo que se comenta en las redes sociales, sus fantasías por viajar a la India, sus relaciones amorosas poco estables o su resignación a aceptar que la explotación de las personas, la corrupción y el mundo en general no tienen arreglo. 

En ‘El público’ también hay otros protagonistas que son criticados por sus imposiciones. El ‘ellos’ del ‘nosotros’ reúne a la élite de la Transición española, la que, después de haber leído manifiestos y visto miles películas europeas, ha delimitado lo que es cultura y lo que es políticamente correcto, además de, según arroja el libro, modelar los gustos más populares y crear la generación del becariado, tan imperante en la España de nuestros días. Una época que ‘nosotros’ podremos recordar en un futuro –si es que lo deseamos- releyendo, entre otros, a Bruno Galindo.

lunes, 4 de marzo de 2013

Kilos y kilos de acción (Reseña de 'Sesenta kilos' de Ramón Palomar)

Juan Diego Mora (@Juandi_mora)

Directa a la mandíbula con tal contundencia que la cabeza rebota en el suelo. Una narración sin florituras. Sin juego de pies en el cuadrilátero. Una patada en las partes nobles. Un exabrupto donde más duele, en la imaginación del lector que se acerca a una novela refrescante, cinematográfica y trepidante. 

Personajes de la calle. Nacidos en un callejón oscuro. Inteligentes como perros callejeros y escurridizos como el gato negro que pasa delante de los faros de un coche destartalado en un polígono industrial. Así son los que presenta Ramón Palomar en 'Sesenta kilos', su debut literario. 

'Sesenta kilos'
Autor: Ramón Palomar
Editorial: Grijalbo
La historia de Charli, el Nene, Mauro, Amapola, Frigorías y el Marqués no deja respiro. Sesenta kilos de cocaína desaparecidos, un cadáver en un arcón frigorífico. Charli no olvida a aquella profesora de inglés que le hacía llegar al paraíso sexual con sus extrañas aficiones por su parte Mauro tiene un plan, quiere ser el jefe, pero la huida de Charli le desbarajusta los planes. Mafiosos, un local de alterne y droga. La oscuridad necesaria para ‘los trapicheos’ se ve eliminada e iluminada por Amapola, una auténtica mujer fatal. Inteligente y atrayente como un imán de gran potencia, tanto para los protagonistas de la novela como para el lector. 

Aire fresco, una novela negra que se bebe. Adictiva. Una trama y unos personajes que se pueden llevar a la gran pantalla. Con su ritmo alto y su acción visual como un golpe, hace que el lector no sea capaz de parar. 

Ideal para despejar la mente. Leer sobre sangre salpicada y puñetazos. Sobre una huida hacia adelante. Tal vez hacia ninguna parte. Influencias de Don Winslow o Tarantino. Sin duda me gustaría verla convertida en película, dirigida por el Alex de la Iglesia más ácido y rebelde. 

Recomendable a los amantes de la novela negra, de los diálogos directos, de los personajes que no se andan por las ramas. Sin duda un descubrimiento este escritor novel que ‘ahostia’ con la pluma como lo hace su personaje Mauro ‘el tiburón’.
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