viernes, 12 de abril de 2013

Memoria fría (Reseña de Diario de invierno, de Paul Auster)

Carlos Gamissans (@gamissans)

“Habla ya antes de que sea demasiado tarde”. Esta es una de las primeras frases de 'Diario de invierno', la autobiografía de Paul Auster que publica Editorial Anagrama. El escritor estadounidense no respeta las convenciones del género. Narra su vida en segunda persona, como si quisiera observar el relato azaroso de su existencia desde una perspectiva exterior. Tampoco sigue un orden cronológico, como si contara los recuerdos de forma casual según van recomponiéndose en su mente. Alterna el uso del presente y del pasado de manera que se difuminan las diferencias entre lo que vivió hace cincuenta años y lo que le sucedió la noche pasada. El constante uso de recursos literarios podría provocar la sensación de que su autobiografía es en realidad uno de los artefactos novelescos a los que el autor de 'La trilogía de Nueva York' nos tiene acostumbrados. 

'Diario de invierno'
Autor: Paul Auster
Editorial: Anagrama
El invierno simboliza la vejez y la estabilidad de la naturaleza en contraste con la fugacidad del hombre. Auster se propone realizar un “inventario de cicatrices” y nos ofrece el ameno relato de sus vivencias, aunque sufre altibajos. Emplea una prosa directa, con frases a veces muy largas, y reconoce que algo debe de haberse torcido en su interior para dedicar su vida a la escritura. Quizá por ello no comenta casi nada de sus libros, ni del proceso creativo que les dio vida, lo que tal vez habría sido más interesante que la enumeración de todos los pisos en los que ha vivido, en un intento un poco tedioso de reconstruir su autogeografía. 

Auster se describe como “un hombre que se ha pasado la vida caminando por las calles”, un nómada que finalmente encuentra su sitio en Nueva York. Dedica varias páginas a su esposa y a su madre, cuya muerte desencadena un torrente de recuerdos. La infancia es uno de los temas principales, con sus alegrías radicales, sus golpes, sus magulladuras y su aprendizaje de la vida, siempre incompleto. La muerte también es una presencia constante a lo largo de las páginas que ha escrito “como sangre en una hoja en blanco”. El autor afirma que el miedo a morir probablemente sea lo mismo que tener miedo a vivir. Tal vez haya escrito sus memorias para vencer ese temor. 

El repaso de sus accidentes y de los aspectos más cotidianos y vulgares es un ejercicio de humildad. Es obvio que, a sus 64 años, el ego del escritor ha dejado paso a la resignación ante los límites e incomodidades de la existencia. Las pequeñas historias de su vida también le sirven para discutir mitos de la sociedad estadounidense. Por ejemplo la muerte de Kennedy, que según su experiencia se vivió más como un espectáculo que como un drama nacional, con alboroto, excitación y disparos fotográficos tratando de congelar el momento. 

Una de las grandes conclusiones a las que ha llegado Auster es que la palabra nunca podrá abarcar por completo la existencia humana. Esa certeza le anima a escribir con mayor liberación, quizá porque se da cuenta de que nunca se agotarán sus significados, de que su radical insuficiencia supondrá una motivación inacabable. No se escribirá nunca la novela que explique el alma en sus más profundos recovecos, y por eso vale la pena seguir escribiendo una novela tras otra, parece decir. 

'Diario de invierno' finaliza con una pregunta formulada sin drama, con la serenidad de quien ha aceptado su destino: “¿cuántas mañanas quedan?” Cabe interrogarse, dado que Auster aún se muestra en plena forma literaria, cuántas páginas le quedan por escribir.

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