martes, 11 de febrero de 2014

Los 47 ronin: de la leyenda al cine

David Sediles (@davizoaf)

Los 47 ronin (ronin: samurái que por diversos motivos ha perdido a su señor y sufre por esto de una menor categoría social) es una de las principales epopeyas de la historia japonesa. Este relato está basado en hechos reales que tuvieron lugar en los primeros años del siglo XVIII y fueron conocidos como el "Incidente de Akō". En éste un "Daimyō”, señor feudal del antiguo Japón, es condenado a muerte por la traición de otro noble tras la cual 47 de sus sirvientes juran vengarse del hombre que ha traído la destrucción de la casa a la que servían y aceptar la muerte segura que esta acción les acarrearía.

A pesar del paso del tiempo, estos sucesos nunca fueron olvidadados por la sociedad nipona. Y en 1871 un diplomático británico destacado en Japón, Algernon Bertram Freeman Mitford, barón de Redesdale; recopiló un grupo de antiguos relatos y proberbios de la cultura japonesa titulada “Tales of old Japan” (Cuentos del antiguo Japón), donde Lord Redesdale incluyó la historia de los 47 ronin.

La epopeya ya había sido difundida ampliamente con anterioridad por las artes escénicas japonesas como el Kabuki (teatro de actores) y el Bunraku (teatro de marionetas). Incluso la versión de Lord Redesdale ni siquiera fue la primera en trasladar esta historia a occidente, pero sí que fue la que más difusión consiguió.


Lo primero que sorprende del texto de 'Los 47 ronin' es su brevedad para un libro tan trascendente y definitorio de la forma de ser de un país. Si se descartan las notas introductorias y de contexto que incluyó el autor la historia ocupa unas 40 páginas de pequeño tamaño. Y lo segundo que llama la atención es el estilo con que es narrada la acción: una simple descripción de los hechos sin apenas diálogos ni florituras de estilo literarias. Aunque se pueden encontrar otras versiones de auqle incidente que llegan a los varios cientos de páginas.

Pero la importancia de esta historia radica en el ejemplo que da de la forma de ser, o al menos, de la conducta moral que es considerada el ideal a seguir. Para esto expone un ejemplo práctico y real de las enseñanzas que contenía el “Bushidō” o “camino del guerrero” que era el código que guiaba a los samuráis y describía la forma de comportarse honorablemente.

Pero el quid de la cuestión no está sólo en el deber de llevar a cabo la venganza, aunque éste también sea un aspecto muy importante en la cultura tradicional japonesa debido a la influencia confuciana que establecía el precepto de que “no vivirás bajo el mismo cielo con el enemigo de tu padre”, situando así al señor al nivel del padre biológico. El meollo del asunto radica también en que los 47 ronin son totalmente conscientes de que aunque su acción pueda ser aceptada o incluso aplaudida por la sociedad la autoridad no tendrá otra opción que condenarlos a muerte por “seppuku“ (suicidio ritual por desentrañamiento, aunque más conocido incorrectamente como “harakiri”). Y este compromiso de lealtad hasta el final, hasta pagar el precio más alto es el que da la trascendencia a esta historia.

Recientemente, el pasado 25 de diciembre, llegó a las salas de cine una nueva adaptación cinematográfica estadounidense de este clásico dirigida por Carl Erik Rinsch. En ésta aparece un Keanu Reeves codirigiendo a los 47, algo que sería impensable para un occidental en el Japón de 1700, puesto que no habría sido más que un “gaijin” (palabra despectiva para denominar a los extranjeros que incluso tuvieron prohibida la entrada al país hasta 1853). La cinta arrincona todo el sacrificio hecho por los 47 ronin detrás de un montón de monstruos, orcos, espadas mágicas, gente con poderes especiales y unos planos-paisaje de marchas por Japón calcados a los de Nueva Zelanda de 'El Señor de los Anillos' generados mediante unos efectos especiales que no consiguen ocultar que la historia está vacía. Y el poco espacio dedicado al verdadero conflicto creado por el complejo y contradictorio sistema de valores y el sacrificio que conlleva es ahogado bajo toneladas de dramatismo impostado, una banda sonora lacrimógena y una historia de amor imposible que no pinta nada en medio de la narración.

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