miércoles, 19 de marzo de 2014

El límite es el cielo (Reseña de 'La araña Blanca' de Heinrich Harrer)

Miguel Salazar (@Miki_Salazar)

Si por cualquier razón viajara a Grindelwald, municipio localizado en el corazón de los Alpes suizos, y fuera incapaz de realizar actividad alguna durante su estancia no será por la falta de ofertas de ocio. Hay hoteles, complejos turísticos, pistas de esquí para el invierno y de golf para el verano. Si lo suyo es moverse por la zona, tan solo ha de desplazarse unos pocos kilómetros hasta llegar al puerto de montaña de Kleine Scheidegg y montar en el tren con destino Jungfraubahn, la estación de ferrocarril más alta de Europa, donde se apeará a 3.454 metros de altitud. Si aun así sigue sin estar satisfecho existe la opción de acercarse a los catalejos situados también en Kleine Scheidegg y observar como alguna cordada desafía cualquier ley posible al enfrentarse al Eiger (3.970 m) por la vertiente más feroz, su cara norte. 

'La araña blanca'
Autor: Heinrich Harrer
Editorial: Desnivel
Heinrich Harrer, autor de ‘La Araña Blanca’, nos invita a hospedarnos en las praderas de Grindelwald, bajo las faldas del Eiger para que observemos la montaña a lo largo del siglo XX conociendo así las historias de los distintos intentos de ascensiones por su cara norte. Sin que el relato pierda ritmo en un solo instante el también escritor de ‘Siete Años en el Tíbet’ nos detalla las claves de esta titánica empresa y nos permite conocer a fondo a sus protagonistas así como las distintas motivaciones e inquietudes que les llevaban a desafiar al Ogro -traducción al español de su nombre-. Por supuesto, encontraremos hechos que superen a otros en épica del mismo modo que habrá finales heroicos y otros en los que la palabra tragedia se quede corta. Pese al contraste Harrer sabe mantener el equilibrio entre las historias e hilar los distintos relatos para que no se pierda la continuidad pese a abarcar un gran periodo de tiempo. 

De hecho, el que esta obra transcurra durante un siglo entero hace que se convierta no solo en un resumen de la historia del Eiger en particular sino también en un análisis de la evolución del alpinismo en general. De esta forma veremos cómo cambia el estilo de escalar y la actitud de distintos protagonistas conforme pasan los años, cómo evoluciona la opinión de la sociedad y guías de montaña sobre estas gestas e incluso el papel que juegan las grandes potencias europeas y las Guerras Mundiales en el mundo alpino. 

Aunque quizás el mayor acierto de este relato sea la parcialidad con la que el autor ha plasmado cada uno de los intentos de ascensión. Heinrich Harrer formó parte de la cordada de cuatro personas que en 1938 subió por primera vez el Eiger por la cara norte y no comete un error común que en ocasiones se da en este género cuando quien escribe también es protagonista de una parte de la crónica: el auto homenaje. Harrer no quita méritos a quienes lo probaron sin éxito antes que él, pues es consciente de que parte de su logro es consecuencia de esas tentativas infructuosas, y tampoco lo hace a quienes aprendieron de su ascensión y lograron la cima años más tarde. Sabe hacer un análisis crítico de cada una de las expediciones teniendo en cuenta el contexto en el que se encontraban cada una de ellas. Sabe separar unas historias de otras. 

El vasto conocimiento de Harrer sobre el Eiger, su entorno y de cómo vivían los habitantes y guías de montaña de la zona cada uno de los intentos permiten observar cada aventura desde distintas perspectivas. A veces será desde el refugio de montaña de Grindelwald; otras, a través de los prismáticos de Kleine Scheidegg; y en ocasiones desde la propia pared, viviendo en primera persona el pulso entre el hombre y la montaña en mitad de una violenta ventisca. 

Si tras leer ‘La Araña Blanca’ piensa que las actividades de ocio propuestas al principio no son capaces de saciar su sed de aventuras y plantea el emular a aquellos que tocaron la gloria con sus propias manos, es hora de recordar una famosa cita de Samuel Brawand, institución en Grindelwald y decano de los guías de montaña, a raíz de un decreto que prohibía escalar la pared norte del Eiger y que finalmente se abolió: “La prohibición fue revocada, y con mucha razón. Primero, porque no podía surtir efecto, ya que las penas previstas eran muy ligeras, y segundo, porque no es posible prohibir ninguna forma de suicidio”.

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