viernes, 9 de octubre de 2015

Revisitando clásicos: La fiesta del chivo

Reconozco que hacía mucho que no publicaba nada pero un amigo me prestó La fiesta del chivo y no me he podido resistir a escribir algo sobre esta novela. Lo primero que he de decir es que, a pesar de que en este blog hemos reseñado a Willy Toledo y estamos al tanto de sus advertencias contra el último premio Nobel de Literatura en castellano, en este blog (modestamente) tenemos amplitud de miras.

De este modo me he adentrado en una narración que mezcla ficción y realidad sobre los últimos días de Rafael Leónidas Trujillo, dictador de la República Dominicana desde 1930 hasta su asesinato en 1961. El texto tiene una estructura un tanto compleja por las distintas tramas entrelazadas que lo forman y los continuos saltos temporales entre presente y pasado que hace dentro de estas.

Por una parte está la que podríamos considerar el personaje principal, Urania Cabral, hija de un exministro de la dictadura que vuelve a la isla tras no pisarla durante décadas fuera y que rememora sus últimos días en ella justo antes del fin del dictador. Y por otra parte están los ejecutores del magnicidio que mientras esperan a llevarlo a cabo rememoran cada uno los motivos que les han llevado a cometer una acción tan arriesgada.

Pero, para mí, lo que verdaderamente transmite la novela es el ambiente de miedo, incertidumbre y miseria moral en el que se ve envuelto el país bajo la bota de la dictadura trujillista. Y dentro de este paisaje, lo que más me ha llamado la atención son los paralelismos que he encontrado con ciertos lugares comunes sobre otra dictadura de infausto recuerdo que en España sufrimos hasta hace aún menos tiempo que en la República Dominicana.

El primero de esos paralelismos se produce cuando el personaje de Urania Cabrales pregunta a la joven criada de unos familiares nacida tras el fin de la dictadura sobre este periodo y su respuesta es que tiene entendido que con Trujillo había más empleo y más seguridad. No sé porqué pero automáticamente en mi cabeza resonó "con Franco se vivía mejor". Y luego hay otra serie de aspectos que también resultan bastante sospechosos como el firme apoyo de la Iglesia a la dictadura (hasta que el barco empieza a hacer aguas y se convierten en firmes opositores, aunque dentro de un orden), la afición por celebrar los 25ºaniversarios del régimen o la conversión de hombres de la dictadura en demócratas de toda la vida. Aunque este último punto encuentra cierta justificación en la narración cuando uno de los participantes en el atentado contra el dictador explica, no sin mala conciencia, que él mismo había sido un cómplice del régimen. Y es que cuando se controlan todos los resortes del poder y de la economía se hace muy difícil mantenerse al margen si se quiere subsistir.

Pero tras la muerte del sátrapa sí que se perciben algunas diferencias con nuestro caso, por desgracia. En la República Dominicana el Estado al menos requisó parte de las propiedades y los bienes a su familia. Cosa muy distinta a lo quesucedió en España donde genera resistencias incluso cambiarel nombre de una calle. Quizá sea la diferencia entre que el dictador sea asesinado y que muera en la cama de viejo.

Todas estas similitudes quizá sean coincidencia o quizá denotan cómo es la triste condición humana en la mayoría de los casos y muestran lo que sucede bajo todos los regímenes dictatoriales. Hasta que unos pocos no lo soportan más y deciden inmolarse para librar a su patria de una losa que la oprime.


Así que me temo que por el interés del tema y la maestría con que lo describe en Atendiendo a Razones nos decantamos más por recomendar que lean a Mario Vargas Llosa que a Willy Toledo.
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